El Pecas

Ostras. El pasado siempre viene a buscarte. Más pronto o tarde, pero siempre regresa.

Ayer, me crucé por la calle con un chaval con el que, de niños, compartí un par de campamentos. No sé de donde salió, ni con quién venía, pero todo el mundo le apodaba “El Pecas” por sus obvias marcas en la cara. Y él era el más claro ejemplo de la desgracia.

Todo le pasaba a él. Burlas, caídas, lloros, quemaduras de piel, timidez, patosismo, animaversión general e, incluso, leyendas urbanas varias de las que prefiero ignorar si fueron ciertas. Con el tiempo, uno se da cuenta, que El Pecas las paso muy putas.

Nunca he sido de los de burlarse del ajeno (más que nada, porque mis gafotas y delgadez en esa época tampoco eran para ir alardeando), así, que yo, nunca me metí con él (o eso quiero recordar), pero tampoco hice por hacerme amiguito suyo.

La cuestión es que pasados los años, desapareció del mapa. Dejó de ir.

Alguna vez lo vi por la calle y juraría que El Pecas iba al IB1. Tengo la sensación de esa época que su adolescencia tampoco le fue mejor.

Y ya no volví a verlo.

Hasta ayer, cuando me lo topé por la calle. Iba paseando con su mujer y con su hijo.

Creó que me reconoció, o eso quiero creer, porque yo no dejé de mirarle y él se hizo claramente el despistado.

Pero, en el último instante, juraría, que me miró de refilón y su boca hizo una mueca de sonrisa victoriosa.

Sí. Fue esa sonrisa de “ves, al final, no era tan tonto como creíais”.

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