
Soy un caso. Cuando voy a mi rollo por la calle se me ocurren multitud de ideas para artículos, proyectos o asuntillos varios. Siempre me viene algo a la cabeza que me digo a mí mismo «menuda buena idea has tenido» y yo mismo me contesto «claro que sí, si es que eres lo más grande y listo que hay». Ya ven, soy así de benévolo conmigo mismo.
El problema es que si no me lo apunto, luego, todas estas ideas dignas del Pulitzer, se me olvidan. Deberé hacer como el cantante aquel que se llamaba a su propio contestador tarareando melodías (bueno, primero de todo tendré que comprarme un contestador) para evitar que todas esas ideas venidas por obra y gracias de la madre inspiración, queden perdidas para siempre. Cuántos best-sellers se han quedado por el camino…
¿Porque, a dónde irán todas esas ideas perdidas?
De pequeño, leí un libro de Barco de vapor llamado «El forat de les coses perdudes», que iba sobre una niña despistada y una especie de gran almacen subterráneo donde estaban todas esos pequeños objetos que durante años vamos perdiendo. Supongo, que con las ideas pasará algo semblante: dentro de nuestra cabeza debe haber una habitación llena de ideas geniales y fascinantes que hemos olvidado y que, encerradas, sin poder salir, van rebontando por sus paredes con el propósito de hacer ruido para que las oigamos y las volvamos a concebir.
De hecho, hace un rato venía masticando una nueva idea pero se me ha esfumado.
¿De que querría hablar?
CANCIÓN PARA ESCUCHAR: Out of our heads (Sheryl Crow – Detours)
