Ni me respiren

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Una de las grandes maravillas del deporte moderno es la capacidad de concentración de los jugadores de baloncesto.

Y anoche el mejor ejemplo. Pónganse ustedes, en la piel de Ricky Rubio y verán si no es para esconderse debajo de la cama: 17 añitos, imberbe, tu primera gran final, ganas de dos puntos y quedan pocos segundos, dos tiros libres decisivos en tus manos, las cámaras de televisión te enfocan, la afición rival te grita, los banquillos a pocos metros tuyos agitan los brazos, nervios a flor de piel, los entrenadores se mueven inquietos, tu publico te anima, el aro no es mucho más grande que el balón que sostienes, te sudan las manos, miles de corazones aguantan la respiración ante tu movimiento de muñecas, es el momento decisivo, hay un millón de condicionantes para que el tiro a canasta se convierta en una pesadilla…

Pues no.

Ni inmutarse.

Y los dos tiros, dentro.

Después de ver ese colosal momento de Ricky Rubio, que alguien me explique porque en un campo de futbol en el área técnica, por favor, por favor, que nadie se mueva o proteste, porque te saco tarjeta amarilla por desconcentrarme al personal.

CANCIÓN PARA ESCUCHAR: Fluorescent adolescent (Arctic Monkeys – Favorite Worst Nightmare)

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