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Pese al frenesí en que vivimos la mayoría, pese a la grandilocuencia de ciertos actos que creemos los más importantes, pese a que lo vistoso se valora más que lo callado, pese a que mucho es mejor que poco, grande mejor que menudo… yo me quedo con los pequeños detalles, porque la suma de todos ellos es la que nos forja, nos hace mejores, más grandes, nos empuja calladamente al crecimiento con más consistencia que las grandes ostentaciones y situaciones.
Y es que la vida está llena de pequeños momentos, diminutas situaciones, hechos que pasan desapercibidos al ojo humano (acostumbrado a los grandes espectáculos e imágenes) pero que poco a poco van formando el espectro que es cada uno de nosotros, los círculos en los que formamos parte. Todos deberíamos hacer un ejercicio de mirada atenta, fijarnos más en los pequeños detalles, observar esas menudas acciones que no cambiarán el mundo, ni a nosotros mismos, pero si nos encaminan solidamente.
Toda esta filosofía (plasmada a la limón que meditada) os cae en esta bitacora por culpa del video junior que estrenamos el pasado jueves («10 días en 1 hora» el resumen no-oficial del campamento). Como siempre, muy divertido, con alguna musiquilla, algún efectillo, pero, curiosamente, al acabar, algunos nos quedamos y nos reímos con más placer por algunos pequeños detalles (incluso comentarios fuera de cámara) que no estaban en primer plano pero eran tremendamente significativos y de una tremenda carga humorística: Enrique tapando la cerveza mientras bailan sus «mujeres», la voz que llamaba «suegra» a Rosita, el «ves Felipe, como era mentira» gritando a oscuras David al desubrir que Antonio estaba vivo, la patada de María intentando romper un globo, Miguel cantando a su bola, la rascaeta de güevines…
Pequeñas situaciones que con las carcajadas, murmullos y cascada de imágenes pasaron desapercibidas para la mayoría, pero que otros descubrimos maravillados. Pues sí, esta anécdota del visionado del video me llevó a pensar lo que arriba os sermoenaba, la injusticia de que los pequeños momentos queden tapados por los grandes, cuando posiblemente unos sean consecuencia de otros. Tota pedra fa paret. Así que he decidido prestar más atención a los pequeños momentos que me rodean y darles justicia (propia y personal, claro).
Y así, uno descubre que un pequeño comentario puede arruinar una tarde, que una sonrisa o un toque de cariño empujar a una buena velada, que un vaso no embriaga, pero uno detrás de otro te puede convertir en el payaso ridículo de la boda; que el/la más callado puede ser el mejor líder; que una simple firma (testifical) significa mucho más que un garabato; que los pequeños signos son los que quedan; que el que más grita o habla no tiene la razón; y que por más filosofar no eres más sabio, jejeje.
Espero aprender de ello.
PD. No sabía cómo ilustrar mi teoría del «pequeño detalle». ¿Qué tal en esta fotografía campamentil quedarse con las orejas del bueno de Jorge?
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