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Voy a trabajar en autobús. No me miréis así. Tengo 26 años y puedo pareceros anticuado (más teniendo en cuenta que tengo carnet y coche, aunque ésta es otra historia), pero me gusta el transporte público y para llegar a Aldaia sólo tengo mi bus amarillo. Ya llegará el día del «Tramvia de l’Horta Sud», pero por ahora me toca esperar en plena calle a mi transbordador espacial.
La fauna del Fernanbús no es muy variada. Abuelas con sus abuelos, dependientas del Bonaire, la hermana de la Conchi, un par de amas de casa y algún currela que otro. Se lee más bien poco, se pillan baches, gritos para hacerse oir, retrasos por culpa de las colas… Pero el bus tiene algo diferente. Lo veo más humano que el metro. Viajas por en medio de la gran urbe y me es entretenido mirar desde la ventana.
Y surgen historias. Romances.
Tengo fichado a un conductor (que siempre pasa tarde) que ha entablado una extraña atracción fatal con dos mujeres. De primeras, y a base de viajes, ya me había percatado de su mejor sonrisa y chistes siempre con las chavalas. Con el tiempo, me fijé (y yo no sólo, sino todos los habituales del bus) que tenía una fijación especial por una en concreto. Sabía su parada y sus horarios. Ella se dejaba querer. No se sentaba y le daba conversación. Si ella no aparecía. Él miraba la parada vacía con tristeza.
Y un día apareció una sustituta. Otra pieza que alimentar los sueños eróticos del conductor. Encima, en la misma parada. El resto de la tripulación pensábamos «qué cabrón, le tira a todas». Hasta el día del encuentro. Claro, los celos son muy malos, así que cuando se cruzaron las dos, la primera se sintió despechada. Se sentó. Cerca. Fulminaba con la mirada a la «otra» de pie, junto a su Fernando Alonso. El resto del pasaje mirábamos de reojo la lucha de titanes. Sudor. El conductor sufría ante la situación. ¿Cómo agradar a una sin despreciar a la otra?
Al final, el camino del medio resulta ser la solución. Se han hecho amigas. Suben juntas, con complicidad y risitas. No me digan cómo han llegado a un acuerdo. Y el conductor el más feliz. Seguro que sueña con tirarse a las dos a la vez. Soñar no cuesta dinero.
O igual ya ha ocurrido. Quién sabe. Esta misma mañana, una ha comentado entre risas: «Ah, por cierto, y no estoy embarazada»
