Cinco minutos más

Aunque lo habíamos preparado para ello, teníamos mucha curiosidad y un poco de inquietud por la reacción de P al conocer a su hermana. Tras recogerlo, abrí despacio la puerta y él se asomó. Os juro que el corazón me latía a mil. Al verla empezó a saltar y aletear como si hubiera recibido un regalo. Fue muy emocionante. Se acercó muy despacio, se abrazó a mi Santa y, con curiosidad, miró dentro de la cuna. Luego siguió su marcha como si no existiera. Hasta que L se puso a llorar y huyó tapándose los oídos.
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Como canta Calamaro, si pudiera, mataría por cinco minutos más allí. Por volver un momento. Por dormirlos en mis brazos, verla por la noche con sus crucigramas, estar a su lado en la camilla, agazapado jugar a asalto al castillo, tocar en la oración de la noche, abrir una vez más el telón, reunirnos en mi despacho, llevarlo desde el cole a Valencia en coche, enloquecer en aquellos barrejats, en los días raros del 15151, sentarse en la escalinata de Times Square o alargar nuestra última conversación en la esquina de la católica.
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A P le gusta grabar notas de voz. Canta, habla, romanceja. Llevará una trescientas. Fue él quien descubrió un audio de su primo de 2012. De fondo se escucha a mi madre. Estuve tentado de usar la IA para revivirla. No creo que esté preparado. Tengo cintas de videocámara que aún no quiero mirar. Quisiera cinco minutos más pero nunca serían suficientes. Enloquecería, como aquel capítulo de Black Mirror del chip con el que poder repasar toda tu memoria. No sería capaz de mirar hacia delante.
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Mejor quedarse con los recuerdos.
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Y dejarlos por escrito.

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