Live vest under your seat

Me pregunto mucho por qué hago las cosas. Por qué levantarse a las tres de la mañana para coger un avión si volar me aterra. Se lo comento al pasajero de al lado. Hace un sudoku en el móvil y parece un señor razonable. Su pánico son los ascensores, me confiesa. Hay quien desea hacer una maleta y escapar, otros no tener que cogerla. Es mi equipo. Mi Santa graba vídeos por la ventanilla. Yo rezo. Maldigo en la primera turbulencia y ella se tensiona. Qué ironía, queríamos ir a ver a Oasis y acabamos en Galicia.
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Pese a ese pavor cojo vuelos disparatados. Subí a dos en 24 horas por animar a unos amigos en una carrera en Ibiza. Ahora para una segunda boda. Por amistad se hacen muchas cosas. Defender, enfadarse, equivocarse, perdonar. Incluso cantar Maná en un karaoke. Los gallegos son de buena mesa. De mucho comer. Lo hemos comprobado de primera boca. También su humanidad. Paseando por el pazo conocí a un matrimonio mayor. Tomamos el fresco juntos. Les impresionó un relato en primera persona de la dana. Al despedirse me abrazaron.
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Problemas de verdad no tienes, me canto. Pero el hormigueo de la vuelta es el mismo. El sudor en las manos. De nuevo estoy sentado al lado de la salida de emergencia. Soy el único que atiende a la impertérrita azafata. Live vest under your seat. Empecé a escribir este texto en el aire. El romanticismo del cronista. Me detuve. ¿Y si me estoy gafando? Si caemos, al recuperar mis pertenencias, alguien encontrará la nota en el móvil. Qué ironía del destino, pensarán. Cantó pronto victoria. Por qué se subió si le da miedo volar.
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Por eso siempre aplaudo al aterrizar.

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