Ha merecido la pena

Llamaron a la puerta. Cuando me quise dar cuenta ya la tenía enfrente. Llevaba en la mano un dibujo. En la cara su sonrisa picarona. Felices vacaciones, jefe. Aún faltaba una semana para acabar las clases. Quizás el tiempo se percibe de una forma diferente con un cromosoma más. La vida, seguro. Por eso ella siempre sonríe más que nosotros. Qué lista que es.
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Ayer fue su último día en el colegio. En septiembre marchará a un centro especial. Celebró su fiesta. Globos. Música. Danzas. Lágrimas. Muchas. De todos. Mirándola, dudamos que fuera consciente que aquello era una despedida. Sus compañeros, sí. Los veíamos bailar desde fuera. La integración tiene que ser algo parecido a eso. Hacerla sentir una más.
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Acaba un curso duro. Complejo. Extraño. Histórico, por desgracia. Hubo quien no tuvo claro abrir los colegios. Quien consideró que se nos ponía en grave riesgo. Puede ser. Pero esto no iba de nosotros sino de ellos. De tantos niños como Gloria parados en casa durante meses. Desubicados. Encerrados.
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Sólo por abrirles las puertas, todo ha merecido la pena.

Les tres H

Si una estoneta al mes solen aturar-se per esta pàgina, recordaran que a l’anterior columna em trobava moltpreocupat. Alarmat, ofuscat, teniasospites que un doble meu (supose que ben plantat, agradable al tracte i amb miopia) havia comunicat la meua no continuïtat al Consell de la ràdio municipal de Torrent per motius personals, fet del que jo no tenia nipunyetera idea. Era molt inversemblant, però em negava a que la realitat foraaltra pitjor: que algú del consistori m’haguera fulminat sense preguntar ni informar-me.

Misteri resolt. Doncs sí. No era cap suplantador. Fa una setmana, vaig rebre una telefonada d’un número desconegut però amb una veu ben coneguda: “Carles? Sóc Jesús”. Vàrem estar parlant uns quants minuts al voltant del que havia succeït. Fou una conversa molt cordial i oberta. Encara que jo vaig llevar-li foc a l’assumpte, fins a tres vegades l’alcalde es va disculpar per les formes. No era necessari per la seua part, però li vaig agrair un gest que altres no han tingut. No busque polèmiques. Només que es potèncie més l’emissora municipal.

Dies després, un company (a mesos de prejubilar-se a l’escola) reflexionava en veu alta sobre els valors que no han de perdre les noves generacions. “Les tres h”: honestedat, humanitat i humor. Jo l’escoltava embadalit. Com si fora un codi samurai, narrava com en el passat la paraula era llei, el compromís amb l’alumnat i els companys no es negociava i la millor pedagogia era mostrar-se correcte, proper però ferm.

Jo no entenc molt de lleis municipals. Ni d’òrgans competents en la declaració de gran ciutat. De fet, cada dia m’interessa menys la nova política. Massa gestos i paraules buides. Massa fotografies. Mucho ruido y pocas nueces.

Fa un any, quan va morir ma mare, Jesús també em va telefonar.

Eixa és la política en la que crec.

NOTA: Artículo aparecido en el número 375 de La Opinión de Torrent.

El doble

Una de les llegendes urbanes més famoses conta que cadascú de nosaltres té una persona idèntica en alguna part del món. Inclús se li ha encunyat un nom en alemany, doppelgänger, que significa“el doble caminant”. Jo no me la creia fins a fa uns dies. Ara tinc sospites que no deu estar molt lluny el meu doble, perquècrec que, el molt caradura, ha realitzat gestions en el meu nom.

La pista me la va donar el passat Ple Municipal. Allí es va votar la designació dels dos nous vocals del Consell de la ràdio municipal de Torrent (escollits pel consistori “entre professionals de capacitat o competència reconeguda”). Fins ací tot normal. El fascinant és que els dos anteriors han comunicat la seua no continuïtat per motius personals. I ací ve lo paranormal. Un d’ells sóc jo. I ni he renunciat, ni s’ho he comunicat a ningú,ni tinc cap motiu personal per a fer-ho. 

Encara que un estudi de la Universitat d’Adelaida assenyala que la probabilitat que una persona siga exactament igual a altra és d’una entre un bilió, en el meu cas ha degut ser el doble. Perquè no crec que el consistori, per a justificar un legítim canvi d’equip, tinga tant poc de tacte de posar en la meua boca eixanegativa a continuar. Haguera sigut tan senzill com demanar-me-ho.

Perquè, si fora així, es reafirmaria aquella opinió, cada vegada més estesa, que en la política s’estan perdent les formes. Que tot val. Tant si estem parlant del vocal d’un consell municipal com de les votacions en les primàries d’un partit. 

Però ha tingut que ser el doble. Estic quasi segur. Per favor, si el veuen pel carrer tinguen la bondat d’avisar-me. Vuic parlar amb ell.

Posats a fer de mi, que faça també el torndel biberó nocturn del meu fill.

NOTA: Artículo aparecido en el número 374 de La Opinión de Torrent.

El anillo

No creemos en los malos presagios. Pero estuvimos a punto. A meses de casarnos el salón entró en concurso de acreedores, los sacerdotes cambiaron de destino y el piso no llegaba a tiempo. Por eso no nos sorprendió que a media hora de la boda empezara a diluviar. Tampoco que la primera noche en NYC sonara la alarma de incendios. Cuando mi Santa perdió el anillo ya nos entró hasta la risa.
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En una esquina de la plaza de San Pedro hay una pequeña puerta. Pasa casi desapercibida entre tanta magnitud. Es la casa del Dono di Maria. La fundó la Madre Teresa a petición de Juan Pablo II. Cada día cientos de pobres, sin techo y desamparados acuden allí. Los hombres para acceder a su comedor social. Las mujeres a una pequeña casa de acogida. Todos en busca de ayuda y consuelo.
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Visitábamos Roma junto unos amigos para ver a aquel sacerdote cambiado de destino. Los domingos celebraba con las mujeres del Dono di Maria. Nos invitó a participar. A las guitarras les faltaban cuerdas. Poco importó. Hubo lágrimas. Suyas y nuestras. Mucha emoción. Mi Santa llevaba un nuevo anillo, sin bendecir. Renovamos nuestros votos rodeados de aquellas mujeres excluidas. Sonrieron. Aplaudieron. Gritaron “Bacio, bacio”. Que se besen.
Me gusta pensar que ellas también nos bendijeron.
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Hoy cumplimos diez años de casados.
Miro su mano y aún lleva el anillo.
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Debe ser buen presagio.

El olvido

A Ramón Folgado lo reclutaron con veinte años para combatir en la Guerra Civil. En el azar de los bandos, a los valencianos nos tocó el republicano. No rechistó. Marchó al frente. En casa no supieron mucho de él hasta que regresó. Sin avisar. Sin pegar un tiro. Sin saber qué hacer en la retaguardia. Sin que lo echaran de menos. Volvió como se fue.
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Cuando tuve edad para preguntarle por ello, mi abuelo ya había perdido la cabeza. Era mucho más divertido que mientras la tuvo en su sitio. Reía mucho. Cantaba. Tenía memoria selectiva. Olvidó el nombre de mi hermano pero recordaba el de su jefe. La fábrica de pipas. Nunca contó mucho de la guerra. Como si la hubiera olvidado. Sólo que huyendo se había encontrado un Quijote tirado en tierra.
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Mi tía era quien más estudios tenía de la familia. Ese prestigio intelectual le valió custodiar el Quijote. Cuando acabé periodismo decidió que yo lo heredara. Una edición de 1935. Tapa rústica. Hojeé por dentro esperando una pista, un papel, una anotación. Fantaseaba con una gran historia detrás. No había nada. Ningún misterio. Sólo un libro antiguo olvidado en una cuneta.
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Olvidar. Me da miedo. A mi abuelo. A mi madre. A los que se fueron. Que olvidemos aquello que provocó guerras. Darnos la mano. Abrazarnos. Que se olviden de mi.
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Quizás, por eso escribo.
Para que tú me leas en el futuro.
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Y me recuerdes.