Cantar bien

Suena de fondo “Friday I’m in love”. Me asomo al despacho. Mi Santa estudia con el pase de micros de fondo. Es una versión limpia, cristalina, muy entonada. Así funciona la maquinaria de OT, todo se transforma en perfecto. Qué irónico. Lo que se compuso en 1992 como una interpretación irónica, casi burlesca, de la música pop (la banda británica era conocida por oscura y paranoica), siguiendo a propósito los cánones de las radiofórmulas, veinticinco años después se le ha añadido una doble capa de azúcar.

Robert Smith nunca ha cantado bien. Como muchos de mis favoritos. No tienen voces inmaculadas Iván Ferreiro, Joaquín Sabina, Michael Stipe o Eddie Vedder. No hubieran sobrevivido a muchas rondas del popular programa. Y qué importa. No todo es nivel vocal en la música. Amaia cantaba bien, es obvio, pero, tuvo un don mayor: conectó. Por suerte, a falta de ver sus dotes compositivas, debió de leer el artículo de Fernando Navarro, porque, por ahora, no se ha dado prisa en sacar su primer trabajo.

Y no es fácil seguir esa senda. En la era del fast food, de saltar las canciones que no gustan, del single por encima del disco, ir a tu ritmo es un privilegio. La música no es sólo negocio. Tampoco tiene fórmulas mágicas para triunfar. Es otra cosa. Algo intangible. Por eso las voces imperfectas también conectan.

Muchos nos preguntan por qué nos gastamos tanto dinero en conciertos o en discos. Ya escribí una vez sobre ello. La música nos salvó del psicoanalista. Nos hace más llevadera y hermosa la vida. Nos acompaña. Nos pone delante canciones que, no sabes por qué, pero te remueven por dentro.

Y eso no hay jurado que lo dictamine.

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Papá cuéntame otra vez

Plantes baixes amb andanes. Façanes emblanquinades. Carrers de terra. Jornalers i llauradors. Tarongers, garroferes i vinyes. Pins al Vedat. L’ermita del Mas. L’accident al pou de Sant Rafael. La llet de les vaqueries. Cavalls, gallines i conills al corral. Bollos de xocolate. El matalafer. El granerer. Les primeres indústries. El tramvia. El Seat 600. El sortidor de Campsa. Els nous torrentins vinguts de La Manxa i Andalusia. Ca Uiset. Ensenyar el dot de la boda. Prendre la fresca a poqueta nit. El davantal i la faixa. Els plumiers. Els joguets de fusta, llanda o cartró. Els pantalons curts tot l’any.

Aprofitant les hores lliures que ens regala l’estiu, enguany, entre altres lectures, he pogut tastar “El carrer de Sant Onofre”, una obra mig autobiogràfica mig costumista i històrica, escrita per Vicent Palacios i publicada per l’Ajuntament. Amb l’objectiu de deixar per escrit als seus néts com fou la seua pròpia infància i per a que valoren el que tenen actualment, en poc menys de 200 pàgines, ens acompanya per un passeig al Torrent dels anys 50 al 70 del segle passat.

Evidentment, és un recorregut des del seu punt de vista, des de la seua pròpia vivència, cadascú tindrà el seu, però, com titulava aquella cançó d’Ismael Serrano, a mi m’ha suposat veure per escrit moltes de les costums que mon pare o el meu sogre tantes voltes m’han contat. D’una època tan romàntica com desfasada.

No tenim massa memòria. Oblidem molt ràpidament d’on venim, com hem arribat ací. Benvingudes siguen totes les obres que parlen de la història local, que ens ajuden a contextualitzar, mirant a ahir, el que ens passa hui. Tant de bo hagem evolucionat. Però per a millor.

Encara que, de vegades, parega que no.

NOTA: Artículo aparecido en el número 333 de La Opinión de Torrent

Escribe

Siempre he fantaseado internamente con que, algún día, cuando ya no campe por este mundo, estas páginas sean descubiertas por mis hijos, quién sabe si por mis nietos, o por alguien que quiera conocer qué pasaba por mi cabeza tiempo atrás. Aspiro secretamente a que al leerlo se cree un hilo invisible que nos una superando tiempo y espacio.

Ya son más de trece años construyendo poco a poco este diario. 1868 artículos. Muchos me sonrojan. Cómo pude escribir aquello. Sí que estaba miope. Me creía con más poso. Más maduro. Y les aviso, me da apuro también que me comenten aquello que escribí. Porque nunca tuve un sistema de juego. Simplemente escribo. Hijo, si lees ésto, recuerda que cada palabra es obra de su tiempo y contexto. De un instante concreto. Así fui, pero puede que ya no sea así.

Cambiar las redacciones por las aulas me ha provocado una pérdida de escritura. Pero, paradójicamente, cuanto más me adentro en la docencia, más me apetece garabatear. Como si esta etapa centrado en aprender a ser buen maestro hubiera provocado también la necesidad vital de seguir tecleando.

Dos pequeños libros, dos cincuenta aniversarios, me han tenido atado este último año. Mientras los redactaba, mientras me documentaba, mientras absorbía influencias (ya saben, mis Enric González, Jabois, Millás, Paco Roca, David Trueba…), sin darme cuenta, algo se me removía por dentro sobre el paso del tiempo, sobre aquello que vivimos y la necesidad que quede escrito para la posteridad.

Miope, escribe.

Y que llegue lejos en el tiempo.

Quién sabe si algún día tú, sí tú, estarás leyendo estás páginas.

Y, al fin, me conocerás.

Nadie podrá con nosotros

Déjennos trabajar en paz. Sólo pedimos eso. Hemos sufrido una veintena de cambios educativos en una década. Hemos. Plural. Alumnos, profesores, familias y administrativos. Todos. Y no es de recibo. Así se hace costoso educar. Una de las tareas esenciales en cualquier sociedad avanzada, guiar a los ciudadanos del mañana, no se merece este eterno vaivén provocado por el nulo pacto político. Mientras en las aulas enseñamos a debatir, dialogar y cooperar, en la res pública, a la vista de todos, no son capaces de alcanzar estos objetivos. En la época de evaluar por competencias hay quien es incompetente en consensuar.

En este contexto, hoy hemos abierto las puertas de los colegios. Lo confesaremos, con un poquito de ojeras. Cuesta dormir en la nochevieja educativa. Ya saben, los profesores somos humanos, también nos ponemos nerviosos. Pero hemos vuelto con la ilusión por educar intacta. Que nadie nos la quite. Aunque nos cambien de plan cada año. Aunque legislen en agosto. Aunque enfrenten a educación pública y concertada. Aunque hagan que tener dos lenguas propias parezca un problema. Aunque siempre politicen la educación.

Mientras, nosotros seguiremos soñando con un mundo mejor. Intentando formar a los protagonistas de ese cambio. Y no vamos a bajar los brazos.

Nadie podrá con nosotros.

Dos-cents

Mare meua! No m’ho crec ni jo! Amb este que estan començant a llegir, ja sumen dos-cents els articles que duc publicats a estes pàgines. Happy birthday to me! He necessitat poc més d’onze anys per a arribar a esta xifra. Així que, al ritme actual (ja saben que, amb la crisi de la publicitat, La Opinión de Torrent va passar de quinzenal a mensual), en 2026 faré les tres-cents columnes i tocaré les cinc-centes en 2043. Bé, tot açò si els editors, lectors i la salut m’ho permeten. Déu dirà.

La qüestió és que ara m’assalten dos dubtes. Hauré repetit algun tema sense donar-me compte? La veritat és que no m’atrevisc a comprovar-ho. Si algun dels meus fans (que els tinc) ho sabeu, xatos, no m’ho digueu, que preferisc viure en la ignorància. I l’altre: si cada article em costa de mitja uns trenta minuts d’escriure, he utilitzat quatre dies i quatre hores parlant de Torrent. En què els podria haver invertit? I això qui m’ho paga? Amate? Mamen? La Català? El Rochano?

Lo pitjor de tot és que, sabent que esta columna es publica en agost (l’estic escrivint un 3 de juliol, que uno és previsor), no espere moltes felicitacions ni palmadetes en l’esquena. En Torrent no queda ni el tato. Ale, tots a la fresqueta del Vedat, Calicanto o l’apartament! I els que es queden, no trauen el nas fins que refresca a poqueta nit. Li diré a la meua Santa que em cante aniversari feliç i ja bufaré els ciris jo soles. Quin remei!

Però, no passa res. Que uno ja és major per a saber el que vertaderament és important. L’antiguitat al càrrec, ja saben.

Perquè supose que ara ja cobraré trienis o algo paregut, no?

NOTA: Artículo aparecido en el número 332 de La Opinión de Torrent