Mi soledad y yo

Cógelo. La matrona me lo acercó. No contaría con más de unos minutos de vida. Eh. Espera. Quieta. Y eso cómo se hace. Sonrió. Tan preparados para el parto y tan poco para el después. Ten. Ya verás qué natural. Pum. Me quedé inmóvil. Sin mover un músculo. No me fuera a caer a la primera. Busqué alguna complicidad. Un consejo. Nadie. Eran pocos. Atendían todos a la madre. Estaba solo. Acojonado.
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Nos vamos a Ibiza en julio. Las Summer. Viaje de terapia. Campamento de pilates. Yo le seguí el juego. Me hice el chulo. Claro, disfruta. La vi pelearse con una mini maleta. Hacerse una PCR. Continué. Qué bien os lo vais a pasar. Mi Santa debió sospechar mi desasosiego y me regaló el libro de Tarantino. Pero el viernes se piró. Y nos quedamos los dos. Solos. Yo, que aparento mucho pero no soy nada, al mando. Acojonado.
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Les prometo que no he llorado. Hemos jugado. Visto la tele. Paseo. Piscina. Potito. Siesta. Todo sin sobresaltos. Eso sí, no me he quitado de encima la sensación que, en algún momento, Pep se giraría hacia mí para lanzarme la pregunta. Muy bien todo, pero… ¿Cuándo acaba la broma? ¿Y la mami? No lo haces mal, pero no hay color. Sí. Que descubriera la farsa. Y no crean. Que yo pienso como él. Soy un sucedáneo.
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Y aquí estoy. Mirando el reloj. Contando los minutos. Esperando a que llegue a casa. Mi soledad y yo.
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Como el título de aquella canción. Qué horror.

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